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Abrázame Fuerte
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Foto: Siva Nadarajah
“Abrázame fuerte, Jesús,” oré ansiosamente. Desde jovencita he hecho de la oración una parte importante de mi vida. He orado por un perrito enfermo, para encontrar un zapato perdido o para sacarme una “A” en una prueba en la escuela. Al hacerme grande, mis súplicas se tornaron más serias: un llamado al ministerio, desear como marido a un hombre de Dios, tener bebés sanos. Pero hubo una oración reciente que ha sido la súplica más grande que he hecho. Oré por la vida de mi hermano. 

Hace seis meses atrás, los médicos nos dijeron que su cáncer era inoperable e incurable. Así que hice lo que siempre hago cuando he tenido un problema –se lo entregué a Dios. Lo hice con una montaña de fe, sabiendo que Él podría curar a Dan. Mientras todos sus familiares nos sentíamos impotentes junto a él, sabíamos que Dios era nuestra última y única esperanza. 

No, No Ahora 

Cuando la quimioterapia dejó de funcionar y parecía que la respuesta de Dios era “no, no ahora,” dentro de mi inmenso agobio llegué a preocuparme de mi futura relación con Él. A través del cansancio emocional, temí convertirme en “alguna de esas personas” a las cuales había escuchado quejarse. Personas que se habían enojado y culpado a Dios por la muerte de un ser querido. Personas que lo habían dejado de lado, disgustadas, volviéndose amargadas por el resto de sus vidas. 

Temiendo perder a Jesús en medio de mi dolor, oré: “Abrázame, fuerte, Jesús. No permitas que te culpe o me enoje contigo. No dejes que te abandone ahora cuando más te necesito.” 

Al final, no necesité preocuparme. Cuando mi hermano murió hace tres años, me volví hacia Jesús. Hoy lo necesito más que nunca. Abandonar a Dios significaría que el Enemigo ha ganado la batalla. El cáncer tomó la vida de mi hermano, pero con el poder de Dios no permitiré que se adueñe de mi alma. 

Cuando todo haya terminado, Dios ganará la batalla final por Dan –y por todos nosotros. Jesús y yo transitamos esta ruta juntos. No puedo imaginarme hacerlo sola. Por momentos, se torna oscura y solitaria, aún sabiendo que otros también sufren profundamente como yo. Dios es mi aliento para continuar cada día. Es mi esperanza del mañana. Él ha prometido que algún día yo volveré a ver a mi hermano. 

Hoy y mañana… Abrázame fuerte, Jesús. “Como un pastor que cuida su rebaño, recoge los corderos en sus brazos; los lleva junto a su pecho…” (Isaías 40:11). 

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Por Nancy Canwell. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. El texto bíblico ha sido extraído de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL ® 1999.


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