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Tú Me Complaces
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Fotografía: Bob Knight
El cumplimiento del tiempo había llegado y era el momento indicado para que la profecía de Daniel se cumpliera. El Mesías, el Ungido de Dios, había llegado a escena (Daniel 9:25). Juan el Bautista vio a lo lejos al Cordero de Dios e inmediatamente supo que era Él la Promesa enviada a salvar a Su pueblo del pecado. Sus miradas se cruzaron y un sentimiento de admiración inundó a Juan mientras oía la melodiosa voz de Jesús pedirle que lo bautizara, cumpliendo así con toda justicia. Aunque al principio se sintió aturdido, Juan finalmente hizo caso al pedido del Maestro. Bautizó a Jesús en el río Jordán. ¿Qué sucedió después? Eso nos dará el contexto para esta breve exposición. “Y Jesús, después que fue bautizado, subió enseguida del agua, y en ese momento los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre él. Y se oyó una voz de los cielos que decía: ‘Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:16, 17).

Cuando leí este texto bíblico, se me ocurrió pensar que una de las principales razones porque nuestros hijos se sienten abrumados por la pesada carga de la estima propia, de la presión negativa ejercida por sus pares y por algunos problemas psicológicos, es que muy pocas veces escuchan palabras de parte de sus padres tales como las que Dios dijo acerca de Jesús –“Eres mi hijo amado y Tú me complaces.” En su lugar, muchos niños experimentan la desaprobación dura de padres que les dicen cosas como, “¡Nunca harás nada! ¡Eres flojo e inútil! ¡Siempre dañas todo!” Conozco a adultos de diferentes edades que todavía no se recuperan de esa desafortunada realidad. Conozco a una señorita en particular que está al borde del divorcio, en parte porque ella no recibió los cuidados necesarios para convertirse en una mujer completa y no conoció el amor de un padre que la hiciera sentir reafirmada.

Jesús lo Hizo Feliz

Podemos aprender una gran lección de las aguas mismas del río Jordán. Nuestro Padre celestial deseaba que toda la tierra supiera que Jesús lo hacía feliz. Quería que todos los que habían escuchado alguna vez de Cristo supieran que Su ministerio tenía el sello de la aprobación divina. En tiempos de tristeza profunda, como la experiencia que siguió al bautismo de Jesús, el Padre quería que Su amado Hijo recordara que ocupaba una posición única en la tierra y que haría una invaluable contribución en la vida de muchas personas. ¿Podría ser que si más padres demostraran su amor por sus hijos a través de palabras de aprobación, ellos recordarían sus experiencias en el desierto con pensamientos suicidas, posibles toxicomanías o el abuso de la sexualidad y la promiscuidad?

¿Podría ser que esas palabras, habladas con labios sinceros, se transformen en el bálsamo que los llevará a los pies de Jesús donde pueden ser salvados para siempre de todo mal? Pienso que ha llegado el momento en que los padres de todas partes debieran acostumbrarse a decirle a sus hijos: “Tú me complaces”. Tal vez estas tres palabras insignificantes individualmente, puedan unirse para guiar a sus hijos que de otra forma se convertirían en rebeldes, a creer que Dios también se complace en sus vidas y que los ama por sobre todas las cosas. ¿Cómo sabemos que Dios se complace con nosotros? Porque Jesús dio Su vida para que podamos vivir eternamente con Dios. 

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Por L. David Harris. Reimpreso con el permiso de Message Magazine, enero/Febrero 2007. Derechos © 2007 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. El texto bíblico ha sido extraído de la versión REINA-VALERA © 1995.


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