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Locuras Acerca de Hazel
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Fotografia: Irum Shahid
Sentada en un cubo dado vuelta y bajo la lluvia deseé olvidarme de la pasada semana. Con lágrimas corriendo por mis mejillas, recordé a mi amiga. Recordé su forma de hablar con acento sureño que convertía dos sílabas en tres. Extrañaba sus abrazos y la forma en que siempre gritaba un fuerte “¡Hola!” desde la acera del frente, cada vez que yo regresaba de la escuela.

Tenía 11 años, empapada bajo la lluvia, extrañando a mi amiga.

Hazel vivía al frente de mi casa cuando nos mudamos a nuestro nuevo hogar en Florida. Antes de que pasaran dos días, ella estaba a la puerta, dándonos la bienvenida al vecindario. Muy pronto me iba a a su casa para pasar momentos juntas, bebiendo jugo de manzana y galletitas con figuras de animales, mientras me contaba de los zorros y linces silvestres que vivían en el traspatio de su casa. Diez veces mayor que yo, Hazel estaba era una persona llena de sabiduría y de agudeza. Y yo la amaba.

A pesar de nuestra diferencia de edad, teníamos muchas cosas en común. A las dos nos gustaban las galletitas con figuras de animales y los M&M™ y a ninguna de las dos nos gustaba usar calcetines. No éramos muy diferentes. En realidad, éramos solo dos chicas que les gustaba divertirse.

Legado

A través de mis años en la escuela primaria, creció la admiración que mi familia sentía por Hazel. Ella era un ama de casa meticulosa que lavaba ventanas por lo menos dos veces al mes y quien recordaba bondadosamente a mi madre con un guiño y una risita, que ya había llegado el momento de limpiar los ventiladores de nuestros cuartos. Tanto ella como su esposo Jim mantenían jardines florales hermosos que nos inspiraron a plantar flores silvestres en el antejardín de nuestra casa y a disfrutar al aire libre. Cuando estuve sin ir a clases, enferma y sola, Hazel venía cada hora a cersionarse de que estuviera cómoda.

Hazel poseía la cualidad de reconocer y reafirmar los intereses de las personas. Se aseguró de que mi hermano supiera que las veces que él quisiera podía jugar baloncesto a la entrada de su casa. Conociendo el amor que yo sentía por los gatos, Hazel me regaló un retrato de tres gatitos a ganchillo, enmarcado, que hasta el día de hoy cuelga en mi habitación. Cuando ella y Jim hacían pizzas, traían un par de ellas hasta nuestro hogar, así mama no tendría que preparar la cena. Y durante los días feriados, el postre especial de Navidad era la salsa de chocolate de Hazel.

Malas Noticias

Yo no sabía lo que era tener cáncer al pulmón, pero cuando mamá me contó que Hazel sufría de esa enfermedad, yo no podía creerlo. Empezamos a ver cada vez menos a Hazel. Ya no salía al patio sin una silla de ruedas. De vez en cuando, mamá y yo íbamos a verla, y cada vez nos parecía más pálida y delgada. Recuerdo la primera vez que la vi con un tubo para alimentarse. Me dijo que hasta le gustaba, porque así podía comer y hablar conmigo al mismo tiempo, sin el inconveniente de tener que masticar. Mientras el cáncer consumía el resto de su cuerpo, me volví más tímida al estar con ella, porque no sabía cómo actuar frente a alguien que se estaba muriendo. Todavía estaba viva, pero yo ya la extrañaba.

La noticia de la muerte de Hazel era esperada, pero horrorizante al mismo tiempo. Antes de ella, nadie que yo conociera había muerto y el pensamiento de que su cuerpo sin vida estuviera dentro de un féretro, era como si algo sombrío me apretara el corazón. El funeral fue en su hogar, con su familia y unos pocos amigos íntimos. Al día siguiente, fingí tener dolor de estómago para no ir a la escuela. Recuerdo haber escuchado por casualidad que mi madre le explicaba la situación a mi maestra, diciéndole que estaba demasiado triste para poder funcionar. Ella tenía razón.

El siguiente fin de semana fue uno de los campamentos para Conquistadores que había estado esperando durante meses. Consideré quedarme en casa, pero mis padres me dijeron que pasar el fin de semana lejos me ayudaría a sobrellevar mejor esa pena. Durante un tiempo corto, logré olvidarla. Pero mientras se ponía el sol y comenzaba a llover, no pude dejar de pensar en las cosas que debí decirle a Hazel. Deseé ir a verla para verificar cómo se sentía mientras estuvo enferma, así como ella lo hizo conmigo. Quise haberle dicho una vez más cuánto la amaba y darle las gracias más a menudo por toda su bondad y hermosa amistad.

Sentada en un cubo dado vuelta y bajo la lluvia, recordé a mi amiga y suavemente murmuré: “Adiós”.

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Por Marcia Ashcraft. Reimpresa con el permiso de Mid-America Outlook Magazine, Vol. 28, #1 y el de Mid-America Union. Derechos © 2007 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a  pautas de uso.


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