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La Esperanza del Cielo
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Fotographia: MorgueFile
Al acercarme a su cama, Adriana parecía estar durmiendo. Con sólo 36 años de edad, lucía muy joven aún. Sus rizos marrones llegaban un poco más abajo de sus hombros, cayendo delicadamente sobre sus antebrazos. Era el color de su piel, más pálido que su camisón blanco, lo que insinuaba que algo andaba mal. De otra manera, ella parecía una joven mujer disfrutando plácidamente de su siesta.

Pero Adriana había estado en cama durante varios años. Poco después del nacimiento del único de sus hijos a la edad de 29 años, ella había sido diagnosticada con esclerosis múltiple. Los síntomas comenzaron sutilmente, pero mes a mes comenzaron a empeorar gradualmente; así, año tras año, hasta que un día Adriana no pudo levantarse de la cama.

Simultáneamente, comenzó a perder la vista. Sólo podía ver sombras. Sus hermosos brazos también dejaron de funcionar. Ya no podía alimentarse, cepillarse el pelo, sostener a su hijo o abrazar a su marido. Yacía en su lecho de aflicción, presa en su propio cuerpo, sólo capaz de escuchar y de hablar.

Adriana era un “pasajero frecuente” en nuestro hospital, admitida por varias semanas a la vez, yéndose a su casa por una temporada y readmitida cuando sus cuidados llegaban a ser inmanejables para su marido.

Durante el año en que nos conocimos, la visité a través de sus muchas admisiones, tomándole la mano, alentándola, escuchándola y orando con ella. Adriana era católica, pero aparentemente no estaba afiliada a ninguna de las parroquias locales. Ella amaba a Dios y genuinamente le pedía su curación.

Condición Empeorada

Pero la curación física no llegó. El progreso de la enfermedad y su condición empeoraron. Su habla comenzó a deteriorarse, pronunciando mal las palabras y le costaba formular frases adecuadamente. Todos los que estábamos implicados en su cuidado sabíamos, intuitivamente, que sus días estaban contados.

Una tarde calurosa de verano, mientras me acercaba a su cama, noté que Adriana abría lentamente sus ojos, tratando de incorporarse. Su conversación, aunque lenta, era clara y resuelta. “Adriana,” la interrumpí, “Yo sé que amas a Dios y crees en Jesús”. “Sí,” contestó. “Pero, ¿le has entregado tu corazón al Señor y aceptado a Jesús como tu Salvador personal?” Suavemente, le expliqué lo que eso significaba—cómo Dios entregó a Su único Hijo como precio por nuestros pecados, de qué forma Jesús sufrió y murió para que ella pudiera obtener el perdón y pasara la eternidad con el Señor, con un cuerpo completamente nuevo, libre de enfermedad y de dolor. Escuchó atentamente y cuando concluí preguntándole si quería aceptar a Jesús como Su Salvador personal, ella respondió con toda sinceridad: “Sí, lo acepto”.

Adriana y yo oramos juntas aquella tarde. Ella confesó sus pecados y aceptó a Jesús en su corazón. Y luego, se reclinó suavemente y se quedó dormida. No muchos días después, Adriana entró en el descanso del Señor, con la esperanza del cielo en su corazón.

¿Posee, usted, la misma esperanza morando en su corazón?

“En el hogar de mi Padre hay muchas viviendas; si no fuera así, ya se lo habría dicho a ustedes. Voy a prepararles un lugar. Y si me voy y se lo preparo, vendré para llevármelos conmigo. Así ustedes estarán donde yo esté” (Juan 14:2,3).

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Por Kathy A. Lewis. Derechos © 2007 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. El texto bíblico ha sido extraído de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL ® 1999.


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