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Liberado
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Fotografía: Danilevici Filip
Durante los años 1700, Frederick II, rey de Prusia, visitó una prisión en Berlín. Mientras interactuaba con los presos, fue bombardeado con protestas de inocencia de parte de ellos. “¡Fuimos acusados injustamente, incriminados, inculpados!” Esas fueron las quejas que los presos le confiaron.

En medio del tumulto, el rey se fijó en un hombre que estaba sentado solo, en una esquina. A la pregunta del rey de por qué había sido encarcelado, el preso contestó: “Por robo con armas, Su Majestad”. “¿Eres culpable?”, preguntó el rey. “Sí, Señor,” contestó el hombre. “Merezco mi castigo.”

El rey, sorprendido, dio la siguiente orden: “Liberen a este culpable. ¡No quiero que corrompa a todos estos inocentes!”

En el mundo de hoy se les puede conmutar sus sentencias a algunos de los condenados y liberarlos antes del tiempo requerido. Sin embargo, en la mayoría de los casos es porque una nueva evidencia en su ADN ha revelado su inocencia. Rara vez un hombre o una mujer confiesan ser culpables de un crimen. Pero cuando lo hacen, casi nunca son puestos en libertad sin haber cumplido totalmente su condena.

La Economía de Dios

Tampoco sucede en la economía de Dios. El Señor libera a los culpables, pero sólo cuando han confesado sus culpas.

Otra persona de la realeza dotado de un talento musical, era el rey David, quien ejerció una gran influencia en el libro de los Salmos. El autor declaró: “Desde mi angustia clamé al Señor, y él respondió dándome libertad” (Salmo 118:5). Aunque no tenemos la seguridad de que David sea el autor de ese salmo, ciertamente calza perfectamente frente a su situación. Aunque antes de eso, ya David había confesado a Dios su pecado de adulterio y asesinato.

Nuevamente, en el Salmo 146:7, leemos lo siguiente: “…y pone en libertad a los cautivos."

David no estuvo preso. Él era un rey. Pero antes de su confesión y del perdón de Dios, sus crímenes y pecados lo habían encarcelado en la jaula de la culpa. Las barras que lo aprisionaban no estaban hechas de hierro, sino de angustia. Cuando confesó, ¡el perdón de Dios rompió los grilletes y el rey David quedó en libertad!

El Señor está esperando hacer lo mismo con cada uno de nosotros. Sea lo que fuere que a usted lo tenga encarcelado emocionalmente (o físicamente), detrás de las barras usted puede y será perdonado si se confiesa ante Jesús. “Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad” (1 Juan 1:9).

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Por Kathy A. Lewis. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión NUEVA VERSION INTERNACIONAL ® 1999.


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