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Bendiciones Inesperadas
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Fotografía: MorgueFile
Habían pasado algunas horas desde que salté de la cama de mi hogar en mi remota isla tropical para comenzar con las actividades diarias de la escuelita bíblica. Todo estaba normal, pero algo me corroía por dentro. Procurando comprender mi inquietud, me di cuenta que tenía ganas de comer tomates.

Asombrada por la intensidad de mi deseo, recordé lo vivido durante los seis meses en aquella isla. Me había acostumbrado a vivir de la forma en que lo hacían los isleños. Estaba allí para servir, evitando imponer mi estilo de vida a la población. De modo que desde que llegué a aquel lugar me había sentido contenta de consumir la dieta básica de la isla –un puñado de hojas del árbol más cercano, un pedazo de pescado ahumado y unas cuantas batatas. Era suficientemente razonable, excepto que ese menu era idéntico para el desayuno, almuerzo y cena, ¡siete días a la semana!

Hmmm…¡tomates! ¡Qué imposible! ¡Los tomates no crecen en las islas tropicales! No había forma de satisfacer ese deseo que me consumía.

Decidí qué iba hacer al respecto. Me arrodillé junto a mi cama y oré: “Padre, todos dicen que debemos contarte lo que sentimos. Sé que no se puede hacer nada con lo que siento, pero quise que lo supieras. ¡Tengo ganas de comer tomates! Gracias, Señor. Amén.”

Satisfecha de haber descargado mi corazón en oración ante el Señor, me sumergí de nuevo en mi trabajo.

Golpecitos en la Puerta

Pasó un rato y sentí unos golpecitos en la puerta. Abrí y, para mi sorpresa, frente a mí había una mujer que era miembro de una iglesia que está en la aldea, subiendo la montaña. “¿Qué hace ella aquí?” Me pregunté.

Ambas sonreimos. Conversar entre ambas era imposible, porque no no hablaba ni entendía su dialecto y ella tampoco hablaba Inglés. Pero no eran necesarias las palabras. A través de una gran sonrisa y una mirada chispeante, me entregó una bolsa plástica y se alejó, apresuradamente.

Cerré la puerta y abrí la bolsa con curiosidad. Dentro de ella había… ¡tomates! ¡Tomates grandes, rojos y jugosos!

Mi oración ya olvidada logró golpearme. Aturdida, muda y temblando de asombro, tomé la bolsa sintiendo que la boca se me hacía agua. Cuando llegó el momento, me devoré aquellos rojos trofeos con encanto.

¿Cómo Dios había logrado lo imposible? La llegada de los tomates, sin lugar a dudas, fue una provisión milagrosa. Deseaba saber cómo había sucedido.

Durante la noche, mientras conversaba con unos amigos, la increíble sucesión de los acontecimientos me fue revelada. Descubrí que en la isla crecían tomates, pero sólo en la zona alta de la montaña, donde se situaba una pequeña aldea.

Sin embargo, los tomates que crecen allí nunca son utilizados como parte de la dieta de los isleños; en su lugar, ¡los utilizan para alimentar a los puercos! Pude imaginar el dilema enfrentado por la isleña cuando el Espíritu Santo le dijo: “Toma una bolsa repleta de tomates y llévasela a Karen, la misionera que vive en el pueblo principal de la costa”.

¿Qué habrá pasado por su mente? “Pero Señor, los tomates son el alimento de nuestros animales. ¿No se ofenderá ella si yo le ofrezco tomates? Además, ninguna de las dos podemos comunicarnos. ¿Cómo podría explicarle lo que Tú me estás pidiendo que haga?”

Finalmente, conforme a lo que Dios le pedía, juntó los tomates y viajó por el polvoriento y pedregoso camino para entregarle a la misionera “el alimento de los puercos”.

Riéndome al recordar aquel espectacular momento, ¡me di cuenta por qué la gentil isleña se había alejado tan apresuradamente! ¿Sabrá, alguna vez, que Dios había realizado un milagro a través de ella?

Aunque esta experiencia ocurrió hace muchos años, todavía tiene un lugar especial en mi corazón. Su mensaje es un profundo ejemplo de la atención amorosa de Dios por Sus hijos.

Ya sea que viva en una isla remota, en una enorme cueva en Africa o si hiciera mi estrado en el Seol (ver Salmo 139:8), Dios escucha nuestros gemidos. Aún cuando sea imposible, Él puede lograrlo. Lo hace con delicia, moviendo cielo y tierra para contestar las oraciones que le murmuramos quedamente.

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Por Karen Elengikal. Reimpreso con el permiso de Signs of the Times (Señales de los Tiempos), febrero 2007. Derechos © 2007 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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