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Curiosidad
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Fotografía: Keith M.
Cuando yo era pequeña, mi familia vivía en el campus de una escuela superior donde mi padre enseñaba religión. La escuela primaria y la iglesia a las cuales asistía quedaban allí mismo, de modo que básicamente era donde estaba la mayor parte del tiempo. Un vagón pasaba por el costado del campus y aquello definía la frontera entre mi vida y el mundo “real” por el cual siempre tuve curiosidad. Tenía todo el campus para jugar, pero me habían advertido que no me alejara de él.

Había una pequeña tienda de dulces cerca del camino principal. No sólo estaba un poco lejos para que una niña como yo fuera sola, sino que también estaba fuera del campus. El problema es que yo podía divisar la tienda de dulces desde allí y fui tentada a escaparme y visitarla. Recuerdo que mi madre me decía que nunca fuera sola a esa tienda, especialmente sin un adulto, ya que tenía que cruzar una calle bastante transitada. Pero cierta tarde, la curiosidad hizo presa de mí y junto a mis amigos nos pusimos de acuerdo para ir. Pedaleando en nuestras bicicletas tan rápidamente como podíamos, nos dirigimos directamente hacia la tienda de dulces, esperando que nadie nos viera.

Una vez adentro, nuestros ojos se abrieron de entusiasmo mientras podíamos observar toda clase de dulces con sus brillantes envoltorios: bolitas de goma, calugas, jellybeans y barras de dulces, por mencionar sólo algunos. Entregamos el poco de dinero que teníamos para comprar una pieza de dulce y nos subimos a nuestras bicicletas pedaleando más rápido que antes para llegar a nuestros hogares y escondernos. Cuando finalmente probé el dulce que había comprado, me pareció que no sabía tan bien como lo imaginaba. ¡Me sentía tan culpable! Había desobedecido a mi madre. Además, ¿qué hubiera sucedido si hubiese cruzado un carro y nos hubiera golpeado?

Una Lección Aprendida

A veces existen tentaciones que sobrepasan nuestra curiosidad. Conocemos lo que opina Dios, pero decidimos seguir a donde nos lleve la curiosidad. Luego, nos damos cuenta de que no era tan divertido como pensábamos. De hecho, nos sentimos culpables por no haber escuchado y obedecido. O peor todavía, tal vez resultamos heridos. Dios nos ama y se preocupa por nosotros, y cuando nos alejamos de Su lado, se preocupa por nuestra seguridad –al igual que mi madre. Aprendí una valiosa lección acerca de la culpabilidad que sobreviene luego de la desobediencia y me siento agradecida a Dios y a mi madre por haberme amado incondicionalmente.

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Por Erika Gladden. Derechos © 2013 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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