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Infierno en el Frente
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Photo: MorgueFile
“…Son ellos los que realmente sufren.” Las lágrimas brotaban de los ojos del soldado vestido de caqui mientras me presentaba a su esposa y a sus dos hijos. Habíamos disfrutado de la celebración anual de la Navidad en nuestra iglesia y habíamos incluido un poema acerca de los soldados en la época navideña. Este guerrero que recién había regresado de Irac fue lo suficientemente amable para ser parte del programa y se mantuvo en posición firme junto a la bandera mientras se leía el poema. Fue un sencillo y conmovedor momento, en donde las lágrimas caían por las mejillas de la mayoría de los pocos que estábamos allí.

Cuando la congregación abandonaba la iglesia, le extendí mi mano, y le dije: “Gracias por servir a nuestra nación.” “Está bien,” contestó él, “pero son ellos los que realmente sufren.” Señaló a su esposa y a sus hijos, mientras los presentaba. Miré los ojos de su joven esposa. Estaban rojos e hinchados. Este padre y esposo recién volvía de su período de servicio y sería llamado nuevamente para servir a su país luego de que las vacaciones navideñas llegaran a su fin.

Rabia de que Exista la Guerra

Me fijé en el pequeño bebé que ella tenía en sus brazos y mientras me agachaba para estrechar la mano de su hijo de tres años de edad, me invadió la emoción por toda esa injusticia. Sentía rabia al pensar que ese niñito de tres años tendría que amar a su padre a larga distancia, con ninguna garantía de que regresara. Me enojé al comprobar que esta mujer de veintitantos años tuviera que sostener a su pequeña familia sin la presencia física del hombre a quien adora. Pero, por sobre todo, sentí rabia de que exista la guerra.

Ha pasado el tiempo desde aquello, pero esa escena no se ha apartado de mi mente. No he podido dejar de pensar en el hecho de que la guerra no es sólo un “infierno” para nuestros héroes que luchan batallas diarias en lejanos lugares y duermen en camas extrañas, lejos de sus familias. La guerra también es un verdadero infierno en el frente civil.

Como un simple ciudadano, tal vez no pueda realizar cambios en los asuntos gubernamentales, pero puedo hacer mucho más que simplemente decirme a mí mismo: “Eso es muy malo” cuando me enfrente a situaciones tan agobiantes. Quizás podría hacer un llamado telefónico, o enviarles una tarjeta diciéndoles que estoy orando por ellos. O tal vez podría enviar a mis hijos a que les llevaran una barra de pan casero que mi esposa hornea. Podríamos ir a visitarlos y averiguar si hay algún pequeño desperfecto que se podría arreglar si su esposo estuviera en casa.

Puede que no sea mucho, pero es algo, y les demuestra a quienes viven un “infierno” diario que a los demás también les importa. Les demuestra, palpablemente, que apreciamos el servicio de quienes tratan desinteresadamente de convertir a nuestro mundo en un lugar más seguro. Es lo menos que podemos hacer.

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Por Michael Temple. Derechos © 2012 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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