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Generaciones
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Fotografía: Constantin Kammerer
En enero, se casó mi hermano menor. Yo fui su padrino. Nuestro hermano mayor condujo la ceremonia.

Ninguno de nosotros está en el primer rubor de la juventud. Casi treinta años antes, mi hermano menor había sido el padrino en mi boda. Entonces, con 21 años de edad, fui el primero en casarme y comenzar una familia. En aquella época mis dos hermanos también se habían casado –aunque el matrimonio de mi hermano menor no duró mucho tiempo. Eso no hizo que no llegara a ser un padre excelente para su hija.

De hecho, los tres tuvimos hijos –ocho en total. Siete de ellos estuvieron presentes en la ceremonia. Sólo mi hijo mayor, quien acaba de comenzar su primer trabajo como profesional luego de haberse graduado de la universidad, no pudo asistir. Fue la primera vez que toda la familia se había reunido desde las bodas de oro de mis padres seis años atrás.

Algo notable sucedió con el paso de los años. Los niños que recordaba –sobrinas, sobrinos e hijos –fueron reemplazados por adultos jóvenes. Incluso los más jovencitos estaban a punto de convertirse en personas mayores.

La primera insinuación de que las cosas habían cambiado sucedió la noche anterior a la boda. Cuando llegué a casa, descubrí que mi hijo del medio –que ahora está en la Universidad– se había afeitado su desaliñada barba y se había cortado el cabello. El jovencito del cual me había despedido por la mañana, se había transformado en un joven muy guapo.

Más Cerca de Ser Adultos que Niños

Cuando la familia por fin se reunió, descubrí que un cambio similar había sucedido con mis sobrinas –ahora estaban transformadas en verdaderas mujercitas. Una de ellas había terminado la universidad y se encontraba en búsqueda de un trabajo “de verdad”. Mis sobrinos mayores hablaban de profesiones en lugar de Go-bots y de Pok-e-mon. Mis sobrinos más jóvenes y mi hijo menor aún están en la escuela superior aunque, también, más cerca de ser adultos que niños.

Observando esa generación, la de nuestros hijos, supe que esta boda sería el último evento de mi era. Mi boda y la de mi hermano menor eran los últimos bloques que sostenían el rol principal que tuvimos en la historia de nuestra familia. La próxima gran boda familiar tendría como protagonistas a nuestros hijos.

Ese convencimiento fue agridulce. Al igual que las flores, mis hermanos y yo habíamos florecido. Las semillas que produjimos ya están listas: para germinar, para convertirse en capullos y para crear nuevas semillas. Mis hermanos y yo muy pronto nos desvaneceremos –como las flores del año pasado, pero hay algo mágico al ver a la siguiente generación tomar nuestro rol.

“Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora. Tiempo de nacer y tiempo de morir, tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado” (Eclesiastés 3:1-2).

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Por Mark N. Lardas. Derechos © 2011 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. El texto bíblico ha sido extraído de la versión REINA-VALERA © 1995.


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