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Conversar -vs- Actuar
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Fotografía: MorgueFile
Cuando era niño mis padres raramente me pedían explicaciones por mi mal comportamiento –y no importaba si aquello sucedía en el hogar, en la escuela o en el vecindario. De hecho, si hubiese tratado de darles una explicación, mis padres me habrían detenido y dicho algo como “no hay ninguna excusa para hacerlo.”

Y al darme cuenta ahora, cada una de mis futuras explicaciones era una tentativa para disculparme, para justificar lo que había hecho y poner sobre el otro la responsabilidad. Los niños han estado haciendo esto desde que nacieron.

Para ampliarlo aún, lea en Génesis 3 la primera historia sobre guía parental de la civilización occidental y note que Adán le pasó la responsabilidad a Eva y, Eva, a la serpiente. Ninguno de los dos estuvo dispuesto a aceptar la responsabilidad de lo que habían hecho y reconocer que estaban equivocados. Fue algo bastante infantil de su parte.

Cuando sus hijos se portaron mal, mi generación madre se puso en acción. Durante los años 60’s, los padres comenzaron a escuchar a los expertos que promovían la idea de que el buen cuidado de los hijos era principalmente un asunto que tenía que ver con lo bien que nos comunicábamos con ellos.

Así que mientras que en el pasado los padres actuaban, hoy los padres tienen la tendencia a hablar, y no sólo a hablar, sino que a hablar, hablar, hablar… y volver a hablar. Tal vez usted no tenga inconveniente en hacerlo porque hablar no es malo. Existe un momento y un lugar para hacerlo, pero el momento y el lugar no siempre son los adecuados. A través de todo su discurso, muchos padres de hoy ayudan a sus hijos a evadir la responsabilidad por su mala conducta.

No hace mucho, una madre me confesó que su hijo de cinco años de edad se porta mal en la escuela. Casi a diario él trae a casa un informe de mala conducta y ella lo enfrentó sentándose y conversando con él acerca del asunto. “¿Qué sucede?” le preguntó. “¿Por qué lo haces?” ¿Cómo te sientes? Y, ¿qué hizo ella? ¿Y cómo te sentiste, tú? ¿Y por qué lo hiciste? ¿Y qué habrías hecho en su lugar?”

La madre me dijo que ella cree que debe tener esas conversaciones que clarifican y ayudan a su hijo a “entender mejor cómo actuar la próxima vez”, pero que cuando llega la ocasión, él vuelve a actuar mal. A veces, actúa peor que antes, en cuyo caso, vuelven a tener una conversación como la anterior.

La Oportunidad de Fabricar Excusas

Sin quererlo esta madre le otorga a su hijo la oportunidad de fabricar excusas por su mala conducta, como un modo de justificar lo que hace. Más aún, estos ejercicios Socráticos han venido a reemplazar las consecuencias de la mala acción.

Yo digo que en vez de que esas conversaciones logren ayudar a que el niño actúe mejor, termina entendiendo que puede actuar como le venga en gana porque, (a) no tendrá ninguna consecuencia –apenas una simple conversación y, (b) a fin de cuentas, ¡él tiene sus razones! Aunque sus rezones no suenen bien para nadie más, con toda seguridad le suenan bien a él. Por otro lado, dada la edad del niño en cuestión, me aventuro a decir que él sabe sin que se lo digan, que lo que hizo está mal y lo que debió haber hecho en su lugar.

La oportunidad de fabricar excusas le otorga al niño la ocasión de crear un caso de absolución. Si no es aceptado, el problema recae no sobre él sino sobre sus padres que simplemente no comprenden. Y de este modo el niño se transforma, por lo menos en su mente, de alguien que se comporta mal, en alguien que ha entendido mal.

Cuando un niño se porta mal, el adulto necesita impresionar en él la idea de que las malas decisiones tienen como resultado malas consecuencias. El niño no logrará percibir lo que hizo como una “mala acción” cuando sus padres se sientan a charlar con él. A lo más, como algo inoportuno, simplemente. Lo que sí es “malo” es quitarle la bicicleta por una semana, cancelar el fin de semana que iba a pasar con su amiguito o tener que escribir una nota de disculpa a la persona ofendida.

En resumen, el castigo debe ser “algo malo”, y cuando tratamos con mala conducta, debiéramos pagar con la misma moneda.

Ahora, luego que el padre ha otorgado el castigo, es bueno tener una conversación con el niño. Pero, lo primero es lo primero. Y tenga cuidado que su conversación no abra la puerta para que él se excuse de nuevo. Porque para un mal comportamiento, no existe ninguna disculpa buena.

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Por John Rosemond. Reimpreso con el permiso de Signs of the Times, Marzo 2005. Derechos © 2007 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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