Home > Archives > La Familia es lo Primero >
.
El Hijo Adulto
.
Foto: Constantin Kammerer
Acabo de recibir un correo electrónico desde la oficina de mi hijo con su nombre y su título al final. Mi corazón de inflamó de orgullo. Saber que está en un buen lugar donde poner en práctica sus habilidades y que se ha casado con una mujer inteligente y amable, hace que mi corazón esté en paz. Aunque aún debo enfrentarme a las preguntas y emociones que empezaron a anidarse en mi cabeza cuando cumplió 18 años de edad. ¿Cómo ser la madre de un hijo adulto?

Aún recuerdo cuando la palma de mi mano cubría su pequeña espalda. Le encantaba que le rascara la espalda y esa siempre fue una forma de conectarnos. Por unos pocos minutos, dejaba de retorcerse, de parlotear o de moverse, fundiéndose lentamente en aquella deliciosa sensación.

Parecí comprender mi rol cuando necesitaba un baño, de mis cuidados, que cambiara su ropa o que jugara con él. Desarrollamos pequeños rituales para las horas en que debía comer, bañarse o ir a la cama. Lo animé en sus intentos de arrastrarse por el piso, presencié sus primeros pasitos, empezamos a hablar de dinosaurios y fui yo su primera pareja de baile en la sala de nuestro hogar. Él adora la música, los libros con ilustraciones, los cuadernos, las exposiciones de ciencia, las tiras humorísticas, la comida y la conversación. Él abrazaba la vida con un vigor e interés que me dejaba exhausta, agotada y asombrada.

Recuerdo mi sentimiento de pérdida cuando pasó su primer día en la escuela. Sentí que mi influencia hacia él disminuía, pero también experimenté un alivio al saber que otra persona podría compartir sus desafíos. Al ir creciendo, ideé nuevas maneras de conectarme con él. Lo llevaba a las bibliotecas y a los parques y jugábamos al béisbol en el patio de la casa. Le construí una aldea de cartón, para que pudiera jugar con sus carritos de cajas de fósforos. Sabía que poseía un gran potencial. Crecería para realizar cosas importantes o especiales. Y yo nutría sus habilidades.

Al ir creciendo se me hizo cada vez más difícil resolver en qué parte de su día entraría yo. Cuando tenía nueve años, se ofreció para levantarse más temprano cada día, de modo que yo pudiera leerle algunos libros. De manera que comenzamos una tradición y compromiso que nos llevó por muchos volúmenes y momentos en la mañana -dormitando en el sofá con sus grandes pies sobre mi falda, leyendo durante 15 minutos. Nos mantuvimos así hasta que finalmente tuvimos que dejarlo cuando entró a su segundo año en la escuela secundaria.

Durante sus años universitarios, me preguntaba cómo relacionarme con mi hijo, el Hombre. Inevitablemente la respuesta giraba alrededor de la preparación de un nuevo platillo que siempre parecía apreciar mucho. Más allá de sus recetas favoritas, quise mantener una conexión profunda que le otorgara respeto y, de mi parte, todo el amor y el cariño que anhelaba entregarle a mi único hijo. Cuando nos mudamos a otro lugar y el compartió un apartamento con sus amigos, lo visitaba regularmente para comprarle sus comestibles, ver sus partidos de béisbol o cortarle el pelo. Cuando él y sus amigos nos visitaban en nuestro nuevo hogar, les cocinaba y les cortaba el cabello. Muchas veces conversamos intensamente sobre sus relaciones amorosas y yo me sentía privilegiada que él lo hiciera. Desde entonces a veces me pregunto que dejé de hacer o decir para ayudarlo aún más.

Cierta vez le envié un montón de formularios de investigación y algunos certificados de McDonald para algunos de sus amigos que hablaban acerca de cómo lograr una mejor relación entre ellos y sus madres. Las edades de ellos fluctuaban entre los 19 y 20 años, eran alumnos de un establecimiento cristiano y todos respondieron que sus madres habían sido de gran influencia espiritual en sus vidas.

Otras revelaciones incluían:
 
  • Lo que necesitaban de sus madres: amistad, apoyo en sus relaciones, interés y consejos, una presencia estable y que fuera la hermana espiritual en su vida.
     
  • Se sintieron avergonzados de que sus madres: les hicieran notar en público sus malos modales, que ellas usaran ropas demasiado vistosas, cantaran en público, fueran impacientes con sus amigos, les contaran a los demás actitudes vergonzosas acerca de ellos.
     
  • En el área de las relaciones masculino-femeninos: deseaban que sus madres hubieran hablado más acerca cuán locas pueden llegar a ser las muchachas, de sus propias experiencias amorosas, de cómo conocer a las muchachas y saber qué les gusta de un chico, hablar más de temas relacionados con el sexo en vez de decir que todo es malo o no decir nada.
     
  • Los jóvenes encuestados deseaban que sus madres hubieran podido: cocinar, visitarlos, enviarles dinero, hacer algo agradable por ellos, no trabajar o relajarse más a menudo.
     
  • Actividades que gozaron con sus madres: ir de compras, jugar algún tipo de juego, viajar, discutir algún tema en particular, acampar, cocinar y comer juntos.
     
  • Lo que más les preocupa acerca de sus madres: su soledad, no haber sido lo suficientemente buenas en disciplinarlos, su relación con sus esposos, su preocupación sobre cosas pequeñas, que se desilusionen de sus hijos y que vivan estresadas.
     
  • Se sintieron más orgullosos de sus madres cuando: lograron algo grande en sus trabajos, hicieron todo lo posible por sacar adelante a su familia, defendieron sus creencias ante sus esposos, se humillaron a sí mismas y pidieron perdón, fueron agradables con sus amigos, se llevaron bien con sus compañeros de clases, terminaron su educación o, por casualidad, escucharon comentarios agradables acerca de sus madres.
     
  • Desearon que sus madres les hubieran enseñado: a cocinar, a ser más pacientes, a saber más acerca del mundo, a tocar la guitarra, a poner a Jesús en primer lugar, a comprender más al papá y a ser más fuertes.
     
  • Las cosas que más extrañan de sus madres: su interés genuino por todas las áreas de su vida, hablar más con ellas, su sonrisa y sus abrazos, sus cuidados y sus comidas, sus charlas profundas acerca de cómo comprender mejor a las mujeres, su interés en sus vidas y su sensibilidad. Todos, excepto uno, declararon sentirse responsables de cuidar a su madre de edad avanzada o a sus hermanos, en caso de que el padre falleciera.

Ocho años más tarde, me encanta hablar con mi hijo acerca de su trabajo mientras le corto el pelo -sí, todavía le corto el pelo. Él asiste a una clase de estudio bíblico que su esposa y yo dirigimos. Me encanta salir de paseo con ellos, como pareja. Él me ayuda con los problemas tecnológicos que enfrento con la computadora o el televisor. Gozo observando cómo su vida se vá desenvolviendo y también deseo que se sienta orgulloso. No quiero preocuparlo, imponerme ni apoyarme demasiado en él. Más que todo, deseo que sea un líder espiritual en su hogar y en su comunidad. Alguien que Jesús y los demás quisieran tener como amigo. Siempre oro por esas cosas.

Si desea hacer algún comentario sobre este artículo, diríjase a Lea los comentarios de nuestros lectores
_____________________________

Por Karen Spruill, M.A. Derecho de autor © 2014 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Traducido por Chari Torres.


SiteMap. Powered by SimpleUpdates.com © 2002-2016. User Login / Customize.