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Bodas de Plata
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Photo: Julie Perron
Colgando de la pared próxima a donde está ubicada nuestra computadora, hay un retrato mío luciendo un vestido blanco largo. Estoy sonriendo, junto a un joven guapo vestido de esmoquin. Hay flores y velas por todas partes -es nuestro día de la boda. Cuesta creerlo, pero hoy, mi marido y yo, cumplimos veinticinco años de matrimonio.

Recuerdo ese día como si fuera ayer. Lo amaba tanto cuanto dijimos nuestros votos matrimoniales… pero mirando hacia atrás me doy cuenta de que en cierto modo, era un amor ingenuo. Hay algo que agregar a aquello de “soportar” porque ahora, veinticinco años después, puedo afirmar que la persona que mejor me conoce, realmente es la que me ama más.

Keith estaba conmigo cuando nos reírnos juntos al quemar la primera comida que cociné en nuestro recién estrenado hogar. Los dos compramos nuestra primera mascota, tratando al perrito como si realmente fuera nuestro bebé. Él me acompañó en la sección de urgencias del hospital cuando ingresé por una intoxicación alimenticia después de un almuerzo en la iglesia.

Fue él quien constantemente me alentó a no renunciar cuando no recibía un llamado al ministerio luego de graduarme de estudios teológicos. Y estuvo junto a mí cuando, siete años más tarde, finalmente me llamaron al ministerio. El fue quien tomó mi mano cuando sentía miedo de someterme a una cirugía y lloró conmigo cuando el resultado de la biopsia resultó “benigno.”

Me enseñó a amar la naturaleza y a sentirme cómoda acampando por días. (¡Si solamente hubiese visto de niña la película “The Night of the Grizzly”!)

Salió de la cama entusiasmado a la 1:30 de la mañana cuando le dije que pensaba que nuestro bebé estaba por llegar. Cuando nació, él fue quien me pasó a nuestra bebita.

Él era quien se quedaba hasta tarde por la noche para envolver los regalos de Navidad y también durante otras noches para tratar asuntos relacionados con la distancia que deberíamos enfrentar y nuestra unión. Los dos abrazamos a nuestro hijo mientras sollozaba porque su pecesito de colores había muerto. Nos abrazamos cuando su papá murió. Fue sólo la semana pasada que nos sentamos juntos a vitorear a nuestra hija adolescente mientras ganaba su primer partido con un equipo de vóleibol.

Cercanía

¿Qué habría pasado si uno de los dos no estuviera? ¿Qué hubiera sucedido si las tensiones diarias de la vida y las preocupaciones de este mundo nos hubieran distanciado hasta el punto de renunciar? ¿Qué habríamos perdido? Una vida entera compartida. Los recuerdos. Una cercanía que no existe en ninguna otra relación humana.

Aunque nuestros rostros han envejecido en comparación con el retrato de nuestra boda, en nuestro interior pienso que somos la misma joven pareja que se prometió aquello de… “para bién, o para mal…” Los años no lo han borrado. De alguna forma, han pasado muy rápidamente y algo dentro mío quiere detenerlo, de manera que no envejezcamos más. La vejez puede acarrear separación.

Veinticinco años. He estado casada con el mismo hombre por un cuarto de siglo. ¡Feliz Aniversario, querido! Estoy contigo por un trayecto largo.

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Por Nancy Canwell. Derechos © 2006 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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