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Sólo una Palomita de Maíz
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Fotografía: Jason Antony
“¡Soy el niño que compartió su comida!”, anunció mi hija de dos años. Sus pequeñas manitos sostenían un frasco de vidrio repleto de comida plástica falsa.

Aunque ella era muy pequeña en ese tiempo, yo trataba de enseñarle la importancia de compartir. Se había sentido fascinada con la historia bíblica que contaba acerca de un niño que compartió su almuerzo con Jesús y debido a un milagro alimentaron a miles de personas.

Sabía que como madre realmente no podía forzar a que mi niña compartiera con los demás. El hacerlo tenía que ser algo que naciera de su corazón y no de algo que su mamá le obligara a hacer.

Aprendiendo a Compartir

Como padres hacemos lo mejor para inculcar en las mentes y corazones de nuestros hijos nuestros valores, sin estar lo bastante seguros que realmente han escuchado. Luego, un día cualquiera, nos sorprenden, y sabemos que lo aprendieron.

Siempre recordaré una sorpresa parecida. Aquella noche otoñal, el vestíbulo de la iglesia lucía en forma festiva. Había fardos de heno, calabazas y mazorcas de maíz amontonados a las paredes. El olor a palomitas de maíz y caramelo flotaba en el aire. Era nuestra fiesta anual de la cosecha. La atmósfera estaba llena de alegría mientras jugábamos algunos juegos tradicionales para esta fecha. En una de las esquinas, niños y adultos trataban de comer manzanas suspendidas en cuerdas; en otra, los más pequeñitos cazaban premios con un asta en alguna charca; unos pocos lanzaban sus dardos al blanco, mientras que un montón de niños rodeaban la mesa adornada de galletas. En una de aquellas mesas vendían palomitas de maíz a 25 centavos la bolsa. ¡Mi hija más pequeña pensó que lo más grande del mundo era comerse las palomitas de maíz desde una bolsa que metidas dentro de uno de sus tazones! Se las devoró en tiempo récord y cuando nos pidió más, tuvimos que ir a la mesa de nuevo y comprarle otra bolsa.

Al atardecer de aquella fría noche de otoño, llegaron dos mujeres y tres niños pequeños. Ninguno de nosotros sabía quiénes eran o cómo se habían enterado de la fiesta, pero los saludamos y los invitamos a participar con nosotros. Era obvio que aquellas mujeres y sus hijos estaban necesitados. La niña más pequeña, como de la edad de mi hija, llevaba puesto un delgado vestido de verano. No tenía chaqueta, a pesar de la fría tarde. Su cara estaba sucia y su pelo rubio y rizado lucía enredado. Siempre estuvo pegadita a la mamá.

Mientras hablaba con su madre, observé que mi hija ponía una palomita de maíz en los labios de la niña. La chiquita me miró con sus grandes ojos, como atemorizada de meterse en problemas si aceptaba. Mi hija también me miraba y en un tono de innusual compasión para una niñita de dos años de edad, dijo: “Mami, ella tiene hambre.” Tomé la pequeña mano de mi hija y caminamos hacia la mesa de las palomitas de maíz. Una vez más, pagué 25 centavos por otra bolsa-esta vez, para compartirla.

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Por Nancy Canwell. Derechos © 2013 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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