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El Jardín
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Fotografía: Studiomill
Al introducir la llave y abrir la puerta de mi camioneta, mi mente no pudo procesar el mensaje enviado por mi cerebro. Vidrios rotos por todas partes, el panel de conducción trizado y una gran roca filuda descansando sobre el asiento delantero –conspirador silencioso de un crimen apresurado.

Poco a poco comencé a comprender lo que había sucedido. Mis ojos recorrieron el suelo donde había escondido mi bolso. ¡No estaba! Incluso, un poco de alimentos, ropa extra y mis zapatos que había dejado en el asiento, ahora no estaban. Aturdida, me di cuenta que aquel día maravilloso donde había disfrutado de la naturaleza, se había destrozado brutalmente, al igual que la ventana de mi camioneta.

Minutos antes, había regresado de una excursión a pie de seis horas en Zuma Canyon del sur de California hasta el polvoriento lugar donde había estacionado mi vehículo. Ahora recordaba haber manejado aquella mañana hasta el lugar desde PCH (Pacific Coast Highway). Había admirado el vecindario hermoso de Malibú, repleto de bellos árboles y flores. Sentía como si hubiera entrado en un jardín encantado.

Después de cerrar mi camioneta, comencé la caminata, anticipando con entusiasmo lo que descubriría en esa jornada ardua que nunca antes había tenido la oportunidad de realizar. No me sentía desilusionada. Zuma Canyon ofrecía la excursión más desafiante de la cual haya participado desde que estaba en la escuela secundaria. Cuatro horas de trote en canto rodado, escalando rocas y caminando por aquel primitivo cañón, ofreciéndonos todo tipo de secretos como sus diminutas mariposas azules, helechos delicados y pequeñas serpientes brillando sobre los tibios peñascos. La conmovedora vista del Pacífico desde Ridge Trail durante el viaje de regreso, decoró aquel día, como una hermosa cereza sobre un rico helado. Y ahora ésto…

Realidad Absoluta

Cuando el sol desapareció en el horizonte, el jardín encantado perdió su inocencia y su encanto. Temblé mientras me apresuraba a llegar a mi hogar. La brisa del océano se mezcló con los gases del tubo de escape de mi camioneta, ahora sin ventana.

Como la mayoría de las mujeres, mi vida entera está dentro de mi bolso. Un rápido inventario mental reveló que había perdido $45 dólares en efectivo, mi chequera, mi calendario, la licencia de conducir y cinco tarjetas de crédito. Además, también había perdido mis llaves, mis lentes ópticos, mis gafas para el sol, mi billetera y mi bolsito de maquillaje. Y la lista continuaba…

Cada artículo era especial en sí mismo, sin mencionar el bolso de cuero que los contenía. Me sentí violentada. De repente y sin poder evitarlo, una parte significativa de mi vida había sido arrebatada y lanzada en un sucio basurero de algún lugar.

Entonces hubo algo que me impactó: ¡en el cielo no necesitaré llevar un bolso conmigo! No llevaré un bolso porque no necesitaré nada de lo que llevo hoy. No tendré necesidad de utilizar dinero en efectivo, tarjetas de crédito, ni cheques; ¡todo será gratis! Ya no tendré que buscar mis lentes dentro del bolso una docena de veces en el día; ¡mi visión será perfecta! Lápiz labial, maquillaje para los ojos, mentitas para el mal aliento, ¿quién los necesitará? ¡Aquí sí! Pero en la Tierra Nueva ¡todos luciremos y oleremos bien eternamente!

¿Para qué necesitaría un pedazo metálico convertido en llave en un lugar donde no habrá cerraduras? Porque nadie será una amenaza para el otro cuando vivamos la eternidad con Dios, ya que sólo los que aman al Señor estarán allí: “No harán mal ni dañarán en todo mi santo monte,” nos dice Isaías (Isaías 11:9).

Desde luego, las serpientes y las espinas no habitarán en el jardín. El cielo y la Tierra Nueva serán lugares verdaderamente impresionantes. ¿No quisiera estar allí, usted, también?

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Por Kathy A. Lewis. Derechos © 2006 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión REINA-VALERA © 1995.


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