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El Dador Alegre
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Fotografía: Stockxchg
“Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza ni por obligación, porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:6,7).

Cuando nuestro hijo mayor era un bebito, vivíamos en una casa pequeña de una cuadra muy transitada. Siendo que crecí en el campo, estaba muy preocupada de abandonar la ciudad y buscar un lugar tranquilo donde criar a mi familia. Mi esposo Mark estuvo de acuerdo, e hicimos planes para vender la casa y mudarnos al campo.

Mientras tanto, sin embargo, hacía lo posible para mantenerme conectada con “la tierra.” Planté vegetales en el jardín, el cual tomó casi toda el área del patio y también planté rosas en el lado sur de la casa. Compré un libro sobre el cuidado de las rosas e hice todo lo que recomendaba para que florecieran. ¡Y florecieron! Pronto eran tan altas como yo, con sus hojas verdeoscuro, ¡llenas de capullos! Cada día miraba los capullos, anticipando el potencial de una belleza escondida entre los pétalos. Contemplaba la fotografía donde venían las semillas e imaginaba lo lindo que iba a ser verlas abrirse en todo su esplendor.

Escogidas Especialmente Para Mí

Cierto día, mientras la pequeña Katie y yo estábamos afuera, se acercó a mí con su carita llena de alegría. Sonriéndome de oreja a oreja, alzó su manito regordeta con un regalo que especialmente había escogido para mí. ¡Usted adivinó! Un capullo de rosa recién cortado.  Katie no sabía que en algún momento los botones de rosa se transformaban en algo mucho más hermoso. Ella no sabía que “la flor” que me estaba regalando, todavía no había crecido completamente. Lo único que ella sabía, era que a mí me gustaban las flores, que las cuidaba y que hablaba mucho acerca de ellas.

Extendí mi mano y acepté felizmente su regalo. Al sostener el capullo de rosa con un tallito diminuto en una mano, y a Katie en la otra, sentí un profundo calorcito dentro mío. Ella me había regalado aquel botón de rosa cuando todavía estaba lleno de vida y de esperanza. No esperó a que la flor fuera perfecta. Ella aprovechó aquel momento ¡y lo compartió conmigo! ¡Qué honor!

A menudo reflexiono sobre ese regalo y de la forma en que se relaciona al versículo citado al comienzo. Dios ama al dador alegre. Yo creo que a Dios, seguramente, le encanta que nos brindemos a nosotros mismos. Aún cuando sólo seamos un capullo. Aunque todavía no estemos completamente desarrollados o tengamos un aroma más fragante, todavía hoy nos podemos brindar a los demás con alegría y tal como somos. Podemos ofrecer nuestros pétalos cerrados y decir: ‘Aquí está el capullo que has anhelado y cuidado y del cual has hablado cada día. Tómame con mi inmaduréz y llévame a la gloria completa que quisiste que tuviera desde el instante de mi creación. Tómame con mis espinas, mis insectos y mis raíces superficiales, y ponme en las manos inocentes de algún alma de niño buscando la gloria de Tu toque creador.

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Por Gwen Scott Simmons. Derechos © 2011 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión REINA-VALERA © 1995.


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