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Confesión Honesta
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Fotografía: Muriel Miralles de Sawicki
La voz familiar al otro lado de la línea telefónica, dijo: “Centro Deportivo de Larry.”

“¿Puedo hablar con Raquel, por favor?” Pregunté.

Mientras esperaba que se transferiera mi llamada, mi mente luchaba con la siguiente sugerencia: “¿Por qué no cuelgas y la próxima vez te comportas como una persona agradable?”

Pero debía hacerlo con Raquel. A fin de cuentas, yo era cristiana.

Al esperar ser conectada con mi amiga, recordé los acontecimientos del día. Apenas unos momentos antes, había estado bajo la ducha cantando alabanzas al Señor cuando, de repente, Él me habló muy claramente en la mitad de mi canto: “Hoy fuiste desatenta con Raquel.” Dios me había recordado que cada vez que ella había tratado de hablar conmigo, yo la había ignorado.

No había errores. Dios no estaba complacido con mi conducta. En sólo unos instantes, salí de la ducha y me senté junto al teléfono. Sabía lo que tenía que hacer y no podía postergarlo hasta el día siguiente.

Finalmente, después de lo que me pareció una eternidad, escuché: “¿Hola?”

“Raquel… te habla Bobbie.”

“¿Sí?” respondió, cautelosamente.

Raquel escuchó silenciosamente mientras yo le explicaba lo que sucedió. Cuidadosamente, no queriendo omitir detalles necesarios, pero haciéndolo rápidamente y al punto, me cercioré de que ella supiera que era Dios quien había dirigido esa llamada.

Continué: “Raquel, fui desatenta y grosera contigo, ¿podrías perdonarme?”

Después de un corto silencio, ella contestó: “Sé que lo fuiste, Bobbie. ¿Por qué actuaste de esa manera?”

Mi mente estaba llena de Excusas

Esa no era la respuesta que había esperado. Ahora debía darle alguna razón a mi conducta. Mi mente estaba llena de excusas, pero ninguna de ellas podía justificar mis actos. Debía admitir que no existía excusa para justificar la forma en que la traté. Pero, ¿me perdonaría?

Para mi alivio, Raquel respondió: “Sí, Bobbie, acepto tu disculpa.” Cuando colgué el teléfono, me sentí entusiasmada. Sabía que había complacido a Dios al hacer las paces con Raquel.

Al día siguiente, Raquel vino al mostrador donde yo estaba y me dijo: “Nadie se ha disculpado conmigo antes como lo has hecho tú. La mayoría de las personas se dicen a sí mismas, 'seré más atenta la próxima vez.'” No le dije cuán cerca había estado de hacer lo mismo. Le sonreí y le agradecí nuevamente por haber aceptado mi disculpa.

Al estar bajo la ducha, cantando alabanzas para el Señor, Él fue fiel en ilustrarme la importancia de Su enseñanza con respecto a la reconciliación: “'Por lo tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar y allí recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar. Ve primero y reconcíliate con tu hermano; luego vuelve y presenta tu ofrenda'” (Mateo 5:23, 24).

Ese día encontré restauración no solamente en mi amistad con Raquel, sino también con Dios, cuando le hice caso a Su voz de corrección.

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Por Roberta Savage Hibbert. Reimpreso con el permiso de Signs of the Times, (Señales de los Tiempos), Octubre 2006. Derechos © 2006 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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