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Aprendí a Orar
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Fotografía: Cam Campbell
Nací en el hogar de una familia religiosa y desde que tengo uso de razón recuerdo que mi madre me enseñó a que orara en todo momento. Así que aprendí el Padrenuestro y lo recité constantemente durante años-hasta que empecé con la codicia.

Una mañana, camino a la escuela, pasé junto a la vitrina de una tienda por departamentos donde mostraban un monopatín rojo y brillante. Lo observé fijamente, y me imaginé bajando la cuesta montado sobre él. Nunca había utilizado un monopatín antes y no sabía muy bien cómo hacerlo.

Sin embargo, eso no me detuvo y deseé tenerlo e, incluso, asumí que lo necesitaba. Así que, una noche a la hora de acostarme, decidí orar por ese hermoso monopatín rojo. La oración decía así: “Padre nuestro que estás en los cielos (pausa), hoy, camino a la escuela, vi un impresionante monopatín rojo, (otra pausa) ¿puedes ayudarme a obtenerlo? Yo, de verdad, de verdad, de verdad, lo deseo mucho. Me ayudará a llegar más rápido a la escuela. Amén.”

Después de un par de semanas de orar de ese modo con sólo algunas variaciones, me desperté encontrando el monopatín que tan desesperadamente deseaba junto a la puerta de mi dormitorio. De seguro que en aquel momento fui el niño más feliz de la tierra. Iba con el monopatín a todas partes.

Traté, incluso, de llevar el monopatín a la iglesia, pero mi madre se opuso. Le dije: “Yo no sé por qué haces un lío tan grande con el hecho de que quiera llevar el monopatín a la iglesia. Dios me lo dio.” De inmediato mi madre me contó cómo se había detenido junto a la puerta de mi dormitorio y me había escuchado orar. Luego me dijo que había sido ella, y no Dios, quien me había comprado el monopatín. Entonces me explicó que debía orar por algo que valiera la pena, sin egoísmo; como por ejemplo, por la paz del mundo. ¿Qué tipo de pedido era ése? Pensé. Yo estoy en paz. No es necesario que malgaste mis oraciones en otras personas. Dejemos que ellas oren por lo suyo.

De modo que seguí orando como si la oración fuera una lámpara mágica, pidiendo bendiciones tangibles en cada oportunidad. Decía dos oraciones cada noche: una, en voz alta, para que mamá pudiera oírla y, la otra, sólo para el oído de Dios, diciéndole lo que realmente esperaba de Él.

Mis oraciones egoístas continuaron por años. Algunas fueron contestadas; otras, no; pero, en general, prosperé financiera, emocional y físicamente. Hasta que una tarde recibí una llamada telefónica de mi doctor que me decía que mi examen de la próstata había revelado algo que necesitaba comunicarme personalmente. Esas fueron las palabras más temibles que jamás haya escuchado. Mi temor aumentó cuando el doctor me dijo que estaba en una etapa avanzada de cáncer a la próstata, y que su pronóstico no era bueno.

Todo lo que recuerdo desde ese momento en adelante, es que caí sobre mis rodillas y oraba más fuertemente que durante todos los años anteriores; con mucha más pasión y fervor que en aquel tiempo cuando oraba por un monopatín rojo y brillante. Pensé que esta oración sería contestada rápidamente, pero pasaron semanas, meses y mi cuerpo comenzaba a deteriorarse. El tumor maligno creció tanto que tuve que ser hospitalizado.

Mi ritual al orar persistía, aumentando el número de veces en que lo hacía. A la semana de haber sido hospitalizado, comprendí, por primera vez, lo que mi madre me había dicho en cuanto a la oración. Su consejo ahora tenía todo el sentido del mundo para mí.

Como ve, Dios oye cada una de nuestras oraciones, cada palabra; pero es el corazón quien habla con sinceridad. Mientras esta revelación penetraba en mi mente, hice otra oración, pero esta vez con todo mi corazón. Oré así: “Padre nuestro que estás en los cielos (pausa), por favor, perdona mis años de egoísmo (pausa), ahora lo entiendo y lo único que deseo es hacer Tu voluntad. Si tengo que morir, o si debo renunciar a todas mis posesiones materiales, entonces, me someto a Tu voluntad. Todo lo que pido en este día, así de enfermo como estoy, es Tu perdón. Por favor, redímeme y bendíceme con Tu maravillosa gracia. Ayuda, Señor, a otras almas perdidas a encontrar el camino que las lleve a Ti y a tu Hijo. Que sea hecha Tu voluntad. Amén.”

Comencé a sentirme mejor casi en forma inmediata y, en aquel momento, supe que había sido salvado. Las semanas pasaron antes de que pudiera salir del hospital, pero durante ese tiempo tuve la oportunidad de ministrar a otros pacientes. Cuando salí del establecimiento me di cuenta que era diferente al hombre que había entrado unas semanas antes. Quiero que todos sepan que no importa cuán perdidos estén, Dios los encontrará y los llevará al Hogar. Todo lo que tienen que hacer, es orar.

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Por Rodney Davenport, Jr. Reimpreso con el permiso de Signs of the Times, Septiembre 2006. Derechos © 2006 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso.


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