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Perspectivas
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Fotografía: Hemera
“Jehová, a ti he clamado; apresúrate a venir a mí; escucha mi voz cuando te invoque” (Salmo 141:1).

Cansada, coarté a mi cuerpo a salir de la cama con la esperanza de un día lleno de acción. Como madre de tres niños pequeños, mis días comienzan corriendo detrás de ellos y sientiéndome un tanto agobiada. De algún modo, me desenvuelvo durante la mañana entre el desayuno, los pañales, las lecciones y aquellas tareas hogareñas que nunca acaban. Antes de que me pudiera dar cuenta, era la hora de preparar el almuerzo. Mi energía se había acabado cuando se me acerca el más pequeño de mis adorables hijos, mirándome con sus ojitos… nuevamente tiene hambre. Como un piloto automático encendido, comienzo a preparar otra comida más para el día.

Nuestro refrigerador está situado al lado izquierdo de la cocina y cuando abro la puerta no puedo ver hacia el otro lado. Mientras me encontraba frente a la cocina, ocupada en los asuntos del almuerzo, advertí que la puerta del refrigerador estaba levemente entreabierta. No vi a nadie, de modo que me dirigí hacia el otro lado y allí estaba… el color había desaparecido de su rostro y me miraba fijamente con sus ojitos llenos de miedo. Mi hombrecito hambriento había decidido tomar el asunto con sus propias manos.

Observé rápidamente la situación y advertí que la caja de ciruelas estaba en el suelo. Varias de ellas se habían dispersado cerca de la caja. Instintivamente, supe lo que había sucedido. Levanté a mi hijo y traté de quitar de sus gorditas mejillas restos de las ciruelas, percatándome que en su garganta habían más de aquellas partículas pegagosas. Su carita ahora estaba tomando un extraño color azulado y comencé a desesperarme. El pobre ni siquiera podía dar un grito.
“Ay, Dios mío,” grit&ecute;, “¡salva a mi hijo!” Mientras mi hija de ocho años llamaba al 911, yo trataba de hacer todo lo que podía. De repente, escuché un grito amortiguado y gutural… no exactamente el que esperaba oír, sino como un poco de aire saliendo de su boca.

Los paramédicos llegaron un rato después y examinaron a mi hijo. Los restos de ciruelas se habían aflojado de su garganta y ahora se encontraba en brazos de un policía contándole suavemente acerca de aquella dura prueba. Alabé a Dios por haber salvado a mi hijo. Dios había contestado mi desesperada plegaria.

Mientras me recuperaba emocionalmente, me di cuenta que lo que un poco antes había visto como tareas rutinarias de una madre, ahora se habían convertido en la alegría de poder sacar adelante a mi familia.

Mirando hacia atrás, le doy gracias a mi Creador por salvar a mi hijito y por darme una perspectiva saludable acerca de lo que significa ser una madre y cuidar de los suyos.

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Por Roberta Temple. Derecho de autor © 2014 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Traducido por Chari Torres. Los versículos han sido extraídos de la versión REINA-VALERA, © 1995.


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