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Refrenándonos
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Fotografía: Billy W.
Ella pudo haber dicho algo. Podía haber dicho varias cosas. De hecho, podría haberse enojado y gritado, y yo no la habría culpado por ello. La llamaré María (para proteger su inocencia). Ella era la encargada del club de niños de nuestra iglesia. Tengo que admitir (ahora que tengo más edad) que no siempre era bueno para escuchar a los demás y esta experiencia en particular, lo demuestra.

Nuestro club había salido a acampar y me sentía entusiasmado de poder disfrutar con el resto de mis amigos. Los varones nos ocupamos de sacar las cosas de los vehículos, armar las carpas y discutir sobre quién iba dormir en determinada área de nuestro condominio de carpas. Como de costumbre, yo parloteaba y no prestaba atención a nada de lo que decían los adultos.

Se encendió una fogata y pronto estuvo lista la cena. Comimos con gusto y me asignaron mi tarea después de la comida. Intenté parecer ocupado, dejando a medio terminar mi asignación y apurándome para irme donde mis amigos.

María vino donde mí. “Mike, no has terminado tu tarea,” me dijo, calmadamente. Entredientes, murmuré algo como: “Sí, ya terminé.” Me contestó que no lo había hecho, agregando: “Mike, tú no pones atención cuando los demás te dicen algo.” Tenía razón. Parecía que siempre que me decían algo, la mayor parte del tiempo me entraba por una oreja y me salía por la otra. Luego de realizar mi tarea correctamente, el resto de los acampantes se sentaron junto a la fogata para cantar y dorar marshmallows. Habíamos cortado varillas largas y dorábamos los marshmallows sobre la olla de chocolate. María nuevamente me habló: “Mike, tu marshmallow está demasiado cerca del fuego. Si se enciende podría ser peligroso.” Yo no la escuchaba.

Respuesta Mesurada

Acerqué mi marshmallow a la fogata y dentro de los próximos tres segundos se había encendido. Pensando que podría apagarlo, saqué la varilla rápidamente y la moví para adentro y para afuera. La llameante sustancia pegajosa se salió de mi varilla, voló por el aire y fue a detenerse en la blusa de María. En aquel momento el fuego se había apagado, pero el pegajoso marshmallow debe haberle dolido bastante. Por último, había arruinado una hermosa blusa. Y todo, porque yo no ponía atención cuando me hablaban los demás.

María no dijo nada. Podría haberme dicho que por culpa de mi falta de atención, ella había pagado el precio. Podría haberme regañado frente a mis compañeros. Podría haberme enviado a la cama sin derecho a dorar marshmallows. Pero no lo hizo. Tomó una toalla, limpió la sustancia pegajosa de su blusa y entró en su carpa.

Proverbios 10:19 dice: “…saber callar es de sabios.”

Cuando María regresó de su carpa, no dijo ni una palabra acerca del incidente. Entendí el mensaje fuerte y claramente. Yo era un chico que no escuchaba a los demás y dañé a alguien que estimaba. Pero, al quedarse en silencio, María me enseñó una lección más clara que mil palabras airadas.

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Por Michael Temple. Derechos © 2014 de GraceNotes. Todos los derechos reservados. Traducido por Chari Torres. El uso de este material está sujeto a pautas de uso. Los textos bíblicos han sido extraídos de la versión TRADUCCION EN LENGUAJE ACTUAL ® 2002.


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